miércoles, 27 de abril de 2016

El Acantilado y el topónimo Martiánez

El Acantilado de Martiánez

En el costado este del Puerto de la Cruz teniendo a sus pies la desembocadura del Barranco de Martiánez, se levanta el Acantilado de Martiánez, de agreste e imponente belleza, la cual persistió hasta bien entrado el pasado siglo, donde por una mal entendida política urbanística, fue destrozado hasta quedar reducido a lo que es actualmente, un muñón deforme, remedo del antiguo acantilado donde vivieron nuestro antepasados aborígenes, los guanches, muchos de los cuales fueron vendidos como esclavos. Los restos de los antiguos pobladores de las islas fueron saqueados y dispersos por los conquistadores y sus descendientes, desde comienzos del siglo XVI hasta bien avanzado el siglo XX. 
Acantilado de Martiánez, visto desde la Playa del mismo nombre. Foto Marcos Baeza Carrillo
La Ladera y el Acantilado de Martiánez, constituyen el accidente geográfico más significativo de la costa oriental del Puerto de la Cruz, cuya formación geológica tuvo lugar durante las erupciones que dieron lugar a la construcción del edificio insular, hace aproximadamente, unos 300.000 años. Su origen por lo tanto, es muy anterior a la formación del suelo donde posteriormente se asentaría el núcleo urbano de la ciudad.
El acantilado se conformó en un periodo de intensa actividad volcánica, que según los estudiosos, se manifestó sobre todo, en el centro de la isla, y por lo tanto, según sus opiniones, el origen del Acantilado y Ladera de Martiánez está relacionado con la formación de la llamada Dorsal de Acentejo, concretamente, con las erupciones ocurridas en Izaña o Montaña, situadas en las proximidades del Teide.
Cueva del Acantilado de Martiánez. Autor anónimo 
Este acantilado costero de Martiánez, sobre el que se asienta el mirador y toda la urbanización de La Paz fue, antes de la conquista de la isla, una auténtica necrópolis guanche. En sus cuevas naturales, unas utilizadas como cuevas de habitación y otros para enterramientos, se han encontrado abundantes vestigios y yacimientos aborígenes. Además, la Ladera destaca por la importante flora autóctona que atesora, especialmente las palmeras canarias y tabaibas. 
Playa y Acantilado de Martiánez. Foto Marcos Baeza Carrillo
Antiguamente existía un sendero peatonal muy frecuentado a lo largo de los siglos XVIII, XVIII, XIX y parte de XX, por los antiguos vecinos del viejo lugar del Puerto de la Cruz de la Orotava, para ir en busca de las aguas de la Fuente de Martiánez. Ya en época más cercanas a la actual, a lo largo del pasado siglo, se transitaba por esta vereda del Acantilado de Martiánez, en busca de las zonas de buena pesca que existían en el litoral, tales como La Laja de la Sal y la llamada Casa del Barco, esta última, mucho más lejana.  
Abajo la zona de rocas conocida como La Laja de la Sal. Autor anónimo
Este sendero está actualmente cerrado al público, por ser dominio del Hotel Semíramis, que construyó un acceso directo desde su hotel hasta una pequeña piscina que existe entre las rocas de la Laja de la Sal. El sendero que permitía transitar desde la playa hasta el acantilado fue ampliamente utilizado en el siglo pasado para acceder directamente desde la Playa de Martiánez hasta la zona de La Paz, como una alternativa al otro que partía desde el Barranco de Martiánez y atravesaba El Tope. En épocas todavía recientes, se veía transitar por el primer camino a numerosos  turistas, que ascendían por la estrecha y empinada senda hasta el mirador de La Paz, teniendo ante sus pies a medida que se ascendía, la espléndida vista que ofrecía la Playa de Martiánez y el caserío del pueblo, pero el riesgo que entrañaban los desprendimientos de rocas provocó el cierre del sendero al tránsito del público.
Flora autóctona en la Ladera de Martiánez. Autor anónimo
El topónimo Martiánez
    El topónimo Martiánez que se aplica a esta zona, al barranco y a la playa aledaña, deriva del nombre de uno de los primeros españoles que tuvieron propiedades en la zona y que se llamaba Martín Yanes, portugués dedicado en 1522, junto a los esclavos Juan Ferrero Martín y Francisco Basaguero, a atender una plantación de cañas [1]. Andando el tiempo, con la unión del nombre y apellido se originó el término Martinyanes, que se convirtió en Martinianes y finalmente terminó en Martiánez. Este tipo de cambios fue  una derivación bastante utilizada y así, se puede citar que de manera similar Alonso Yanes se convirtió en Alonsianes y Gonzalo Yanes en Gonzalianes.
  La doctora Ana Viñas Brito al hablar de la organización social del trabajo en los ingenios azucareros en el siglo XVI, concretamente de la profesión de cañavero cita [2] que “una vez que se había procedido a la plantación encontramos a uno de los principales trabajadores de las plantaciones de caña como era el cañavero. Sus funciones estaban estrictamente reguladas por el ordenamiento local y el pago a su trabajo se abonaba con una parte de la cosecha, abundando los contratos a partido. La contratación del cañavero podía durar varios años debido a la mayor duración del ciclo productivo, y se ocupaba de todo el proceso de “cura del cañaveral”. Las labores de cura de cañas generalmente se especifican en cada contrato, así en el firmado entre Andrés Suárez Gallinato y Martín Yanes se establecía que correspondía por estas labores: “escardar, desgusanar, cavar, regar, bien labrar, armar a los ratones y hacer todas las bienhechorías que el buen cañavero debe hacer, envarar las madres si fuere necesario y hacer los otros beneficios que convengan”. 
    La misma autora en el trabajo anteriormente comentado afirma que, “cuando los esclavos eran propiedad del dueño de la plantación, éstos se empleaban en las labores de la misma, pero en ocasiones eran entregados por sus propietarios como parte integrante de los contratos a partido, como se observa por ejemplo en el año 1522 en La Orotava (Tenerife”). En este caso el propietario del ingenio entregó tres de sus esclavos negros, Juan Ferrero, Martín y Francisco Bagacero, a quien ejecutaba el contrato con él, siendo este último responsable de los mismos, obligándose a suplirlos por otros en caso de muerte o enfermedad y no pudiendo abandonar la hacienda sin permiso de su dueño o del mayordomo de la hacienda. Además, el dueño de los esclavos debía vestirlos durante el tiempo del trabajo y a cambio, daría 40 fanegas de trigo al año para los esclavos y para el trabajador. Es decir, los propietarios ponían a trabajar a sus esclavos en propiedades ajenas, obteniendo con ello mayores beneficios, pues la mano de obra era costosa.
   Lamentablemente, no me ha sido podido localizar el nombre que los guanches utilizaban para designar a la zona que actualmente nombramos como Martiánez, detalle que si bien no considero imprescindible, si me parecía interesante, pero hasta el momento no he encontrado nada que aporte alguna luz sobre este aspecto.  
Las cuevas de los guanches en el Acantilado de Martiánez
         En el pregón de las Fiestas de Julio correspondiente a 1993 [3], en honor al Gran Poder de Dios y la Virgen del Carmen, el ilustre geólogo portuense D. Telesforo Bravo nos ofreció unas interesantes notas acerca de las cuevas del Acantilado de Martiánez, que por su interés, a continuación reproduzco literalmente:”Los guanches nos dejaron en herencia una necrópolis con una galería de cuevas, con restos arqueológicos en el Acantilado de Martiánez. Casi todas eran de difícil acceso, pues las vías para alcanzar las bocas que se abrían hacia el vacío, se modificaron naturalmente en el proceso erosivo a lo largo de los siglos… De las reiteradas visitas que hice a estas cuevas, llegué a convencerme de que algunas de ellas estaban ya en desuso en la época de los guanches, sobre todo por el deterioro sufrido por la acción erosiva y desprendimientos de los techos, entrando la lluvia, llenando de tierra y mojando las momias.  
Otras eran secas y bien resguardadas, pero su contenido fue explotado durante los siglos XVIII y XIX y comienzos del XX. En el siglo XIX era práctica común, cuando no había abono para los cultivos, recoger el “polvo” de las cuevas de los guanches. Por otro lado, se estableció un lucrativo comercio de momias con destino a coleccionistas particulares y museos europeos [4].
Fotos de Telesforo Bravo en el Acantilado de Martiánez 
El prestigioso geólogo portuense continúa su relato afirmando:“Al menos existían seis grandes cuevas, de las que sólo dos tenían fácil acceso. Todas tenían restos humanos y una de ellas había sido utilizada como refugio de ganado cabrío, pero las demás, de difícil acceso, no se salvaron de la extracción de los objetos más valiosos. Tengo infinidad de datos de estas cuevas, esto sería un relato, a veces anecdótico, que nos llevaría mucho tiempo. Sólo diré de una que me dio idea del esplendor que debieron tener estas cuevas en la época que le dedicaban a sus muertos los ritos que desconocemos. Solía ir a una cueva llamada de “falso techo”, ya que gran parte se había caído y sólo quedaban unos delgados puentes de escoria. En el suelo crecían las plantas con una frondosidad extraordinaria. En el extremo, la cueva era firme y tenía una boca que se abría hacia el acantilado. El mar se veía por esta ventana y como era un lugar agradable, me iba allí a leer o estudiar, mala costumbre que he podido corregir. La zona resguardada tenía algunos rincones de poca profundidad y techo bajo, con un suelo llano, quedando fuera un posible tránsito. Un lunes me fui con mis libros a la cueva y encontré huellas de perros en el polvo. El domingo había sido día de caza y no me llamó la atención Por alguna razón, el perro escarbó en el suelo y puso al descubierto más de 100 cuentas con una extraordinaria variedad. Algunas de ellas tenían huellas dactilares muy señaladas. En un hueco lleno de tierra depositada por el agua había una cuenta de vidrio, tan antigua, que tenía la llamada “lepra del vidrio” cuando se llega a hidratar”.
En un interesante trabajo publicado por el ya citado geólogo Telesforo Bravo [5], titulado El Acantilado de Martiánez, se insertan dos dibujos de su propia autoría, en los que se muestra comparativamente, lo que a su juicio debió ser la Ladera de Martiánez en la época en la que los guanches la habitaban y la situación actual, referida a 2006, en la que ya se aprecian la significativas variaciones provocada por la mano del hombre.


         Creo que a través de estos relatos, realizados por una persona como D. Telesforo Bravo, que fue un profundo conocedor de la zona, podemos tomar conciencia de cómo era el Acantilado de Martiánez y como algunas de las cuevas de esta zona llegaron a estar habitadas por nuestros antepasados guanches. 
El Acantilado de Martiánez visto por Olivia Stone
      Olivia Stone, la viajera inglesa tantas veces citada en estas crónicas que conoció y describió nuestro pueblo en 1885, nos ha dejado una excelente descripción del Acantilado de Martiánez en su libro Tenerife y sus seis satélites. La autora dice:”Hay una vista magnífica de la ciudad que hemos dejado atrás; el sol matutino resalta con toda nitidez las paredes enjalbegadas, los postigos verdes, las tejas rojas y las azoteas. Continuando nuestro paseo, después de beber un poco de agua fresca [6] y comprobar su frescor y su pureza, llegamos, poco después, a una cueva que penetra una corta distancia en el risco, pero que posee un techo alto y una entrada ancha. Está formada del mismo conglomerado suelto. El piso se ha hundido en una parte y hay un agujero casi circular, de unos cuatro pies [7], a través del cual vemos una luz que penetra desde el mar, probando que esta cueva inferior tiene una abertura en esa dirección. Un poco más lejos tenemos que inclinarnos en algunos 
puntos para evitar golpearnos con las rocas que sobresalen y continuamente tocamos con los codos, masas de preciosos culantrillos y asustamos numerosas palomas, que giran y se alejan volando. Este paseo requiere una cabeza firme ya que el mar ruge a unos cien pies por debajo de nosotros y la bajada hacia la costa es bastante empinada. Hay varios agujeros pequeños en el risco, llenos de tierra roja fina, aunque quizás “escarlata” describiría mejor el color. Sobre nuestras cabezas los estratos están muy retorcidos y algunos trozos sobresalientes parecen, con el azul claro del cielo de fondo, serpientes de tierra asomando sus cuellos sobre el mar desde sus madrigueras subterráneas.  Ahora tenemos que dejar el sendero, porque ha habido un deslizamiento de tierra y es imposible avanzar en esa dirección. Como los acantilados aquí son menos escarpados, aprovechamos una pendiente poco inclinada y alcanzamos la parte superior. En la cima descubrimos que la tierra es más o menos plana y cultivada, aunque se ha dejado una meseta yerma de considerable anchura en su estado original, cubierta de rocas y con escasa vegetación.  En esta zona vemos varias cabras alimentándose que constituyen una imagen de lo más pintoresca. Un cabrero está sentado en una roca que sobresale por encima del precipicio, con su larga pértiga en una mano y la barbilla descansando sobre sus rodillas, mientras mira con ensoñación hacia el mar. 
Probablemente algún guanche mirase así muchas veces antes de la llegada de los crueles invasores. Lleva pantalones cortos y camisa, con un fajín escarlata alrededor de la cintura y un sombrero de fieltro negro. Las cabras vagan a su alrededor y por la ladera del risco, en puntos donde el sólo hecho de verlas saltar de un sitio a otro te marea. Hay a nuestro alrededor cardones gigantescos, con sus múltiples columnas rígidas apuntando hacia el cielo, y algunos pequeños grupos de una florecilla morada”.
 A la izquierda, D. Leopoldo Cólogan Zulueta y su esposa al borde del Acantilado. Autor anónimo
             A la derecha, zona final del Paseo de los Cipreses, hoy Paseo de Agatha Christie. Autor anónimo
         Quiero llegado a este punto, invitar al lector que conoció el antiguo Acantilado de Martiánez, para que vague con su imaginación por aquel hermoso paisaje que durante gran parte del siglo XIX se mantuvo muy similar a como lo describe O. Stone con sus líricas y soñadoras imágenes y que hoy lamentablemente, es casi una auténtica ruina.
Vista panorámica del Puerto de la Cruz desde La Paz. Foto Marcos Baeza Carrillo
En julio de 1981 un desprendimiento ocurrido en la Ladera de Martiánez, sobre la zona en la que se sitúa la carretera del este, hizo caer sobre la carretera un considerable número de rocas, que afectaron a algunos vehículos, sin causar daños a las personas, lo que provocó la construcción del actual túnel que existe en la zona, para la protección del tráfico rodado.
Caída de rocas del Acantilado de Martiánez sobre la vía. Autor anónimo
Aspecto lateral del túnel de la carretera del este de Martiánez. Autor anónimo

[1]       Puerto de la Cruz. Precisiones sobre su origen. M. Rodríguez Mesa. Litografía Romero, p. 29, 2015.
[2]       La organización social del trabajo en los ingenios azucareros canarios (siglos XV-XVI). Ana Viña Brito.
[3]       La referencia al citado pregón se encuentra en mi primera crónica.
[4]  En el Musée de L’Homme de la ciudad de París, existe una momia guanche muy bien conservada, que yo pude ver durante mi estancia postdoctoral en esta ciudad durante los años 1975-1977.

[5]  Revista La Ladera de Martiánez, editada por el Ayuntamiento del Puerto de la Cruz, nº   .

[6]  Se refiere al agua de la Fuente de Martiánez, de la que hablaré con más detalle en otra crónica.

[7] Un pie equivale 0,2786 m, luego 4 pies son aproximadamente,  1,15 m. de diámetro.


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